LA COPA DEL MUNDO

Para Alejandro Bravo-Vargas

-fan del Chelsea F.C-

 

En este pequeño país jugamos fútbol desde niños. Ese deporte llena todo el imaginario colectivo del país. Las páginas deportivas de los diarios tienen muchísimos más lectores que los suplementos culturales, la sección de deportes de los telenoticieros tiene comentaristas mejor preparados que los analistas de política internacional o de economía criolla. Hay ligas de fútbol de todo tipo: profesional, amateur, sub-20, sub-15, infantil, femenino, de gays y lesbianas, de prostitutas, de barrios y parroquias. Las grandes empresas tienen sus propios equipos, las universidades, los colegios de secundaria, el ejército, la tercera-edad. Los políticos prometen en sus campañas electorales que la selección nacional conquistará la Copa Mundial cuando ellos lleguen al sillón presidencial. En los restaurantes, bares y cantinas hay televisores de pantalla plana siempre transmitiendo los partidos de todas las ligas, en los hoteles de cinco estrellas y en los hostales y pensiones. Las camisetas con los colores de los principales equipos nacionales y extranjeros son prendas comunes de vestir.

De pronto los medios de comunicación dieron la gran noticia: LA COPA VISITARÍA NUESTRO PAÍS. Gracias a la generosidad de un refresco embotellado, la Copa del Mundo, como parte de su periplo alrededor del planeta visitaría nuestro país. Al solo conocerse la buena nueva se organizó un Comité de Bienvenida al más alto nivel, el propio primer mandatario lo encabezaba, allí estaba lo más granado de nuestra sociedad: las autoridades deportivas, el Ministro de Relaciones Exteriores, la Mesa Directiva del Parlamento y su Comisión de Deportes, la Corte Suprema de Justicia, el Ministro de Cultura y Deportes, el Estado Mayor de las Fuerzas Armadas, el Ministro de Gobernación y la Jefatura de la Policía Nacional, la Conferencia Episcopal y los principales pastores y predicadores protestantes, el Ministro de Educación, las ONG´s que promueven el deporte, las Cámaras de Comercio Industria y Turismo, las Asociaciones de Mujeres por aquello de la Equidad de Género.  El Comité  una vez organizado y ratificada la presencia de tan distinguidos integrantes en su primera reunión fue institucionalizado mediante Decreto Legislativo y su  trabajo más relevante fue  elaborar y aprobar el Programa de Actividades de la Visita de La Copa del Mundo a nuestro país.

Los medios de comunicación dedicaron espacios radiales y televisivos a la Copa. Se supo con detalle la aleación de metales que la componían, la biografía del escultor que la concibió, el listado de países que la han tenido bajo su custodia y los años en que la han custodiado por haber ganado el respectivo Torneo Mundial, los capitanes de los equipos que la han recibido de manos de las máximas autoridades de la Fédération Internationale de Football Association. Todos los programas de opinión dejaron de lado las huelgas de maestros, las reivindicaciones de los pueblos indígenas, las discusiones del salario mínimo, los problemas que generaba al país la roya del café y la broca del pino, las muertes violentas, el crimen organizado, las pandillas, el narcotráfico, el terrorismo fundamentalista, la deforestación de las reservas boscosas, el cambio climático, la corriente del Niño y la contracorriente de la Niña, el conflicto árabe-israelí, la marcha de la economía china, el desempleo en Europa, todos los temas habidos y por haber entregaron el cetro de la atención mediática a la Copa y su llegada al país.

Para financiar todas las actividades que tendrían lugar, la Lotería Nacional por iniciativa del Comité de Bienvenida, decidió que dos de sus sorteos estarían relacionados con el asunto: los premios del primero de los  sorteos serían boletos para poder llegar hasta donde se exhibiría la estatuilla y tomarse una fotografía a la par de ella; el segundo tenía un único gran premio, un viaje hasta el país-sede del Torneo Mundial con boletos de entrada para todos los partidos importantes.

Finalmente llegó el gran día. La agitación cundía por todas partes, el Ministerio de Trabajo había declarado asueto nacional y emitido una resolución que obligaba a los empleadores a conceder permiso para ausentarse del trabajo a aquellos trabajadores que eran los afortunados poseedores del boleto de entrada para ver la Copa.

Una parte del Comité de Bienvenida, presidido por el Canciller de la República esperaba en la pista del aeropuerto con una compañía de caballeros cadetes que presentó armas cuando el supremo trofeo descendió de la escalerilla del avión de manos de un alto funcionario de la F.I.F.A. una salva de veintiún cañonazos marcó el momento supremo del recibimiento de Jefe de Estado que se le tributó, fue colocada en una urna de cristal blindado en lo alto de un vehículo todo-terreno de las Fuerzas Armadas especialmente acondicionado para ello. En todo el trayecto que  del aeropuerto al Palacio Presidencial las calles estaban abarrotadas de escolares que vestidos con camisetas de los clubes de su predilección y portando mantas, pancartas, banderitas de la F.I.F.A. y de la Patria saludaban a la Copa.

Al llegar al Palacio el trofeo fue bajado del Copa-móvil por el Atleta del Año y entregado a la bella joven que representó el país en el Certamen de Miss Universo, quien vestida con el Traje Nacional la llevó por los pasillos del Palacio hasta  el Salón de las Banderas donde la recibió el  Presidente quien la colocó  en un sitial de honor. Luego de un emotivo discurso donde el mandatario hizo un recuento de todos los triunfos deportivos de nuestro país, interrumpido a cada rato por los estruendosos aplausos de los presentes, terminó diciendo que la presencia de este símbolo de excelencia deportiva en nuestro suelo patrio daría bríos a nuestra selección nacional para triunfar en uno de los próximos mundiales y así permaneciera por más tiempo en nuestra adorada tierra.

La Copa fue condecorada con la Orden de los Próceres de la Independencia en grado de Gran Cruz y una foto oficial fue tomada sucesivamente con el Gabinete de Gobierno, el Estado Mayor de las Fuerzas Armadas, la Jefatura de la Policía Nacional. Luego fue entregada de nuevo a la representante de la belleza  femenina de nuestro país para que la depositara en el Copa-Móvil para su traslado al Congreso Nacional, donde fue colocada en el hemiciclo parlamentario, recibida en sesión solemne donde se pronunciaron sendos discursos del Presidente del Parlamento y de los jefes de Bloques Políticos que elogiaron el trabajo de integración del orbe entero que el fútbol realizaba y la estatuilla simbolizaba, fue declarada como Benemérita de la Humanidad mediante Decreto Legislativo. Siguió su periplo hasta la Basílica Mayor, donde fue recibida por la Conferencia Episcopal. Los obispos en señal de fraternidad hicieron un servicio ecuménico con las otras iglesias cristianas, con el rabino judío y el muftí musulmán, La Copa fue proclamada por los líderes religiosos como Hacedora de la Paz y Obra de Dios,  sacada en procesión alrededor del Parque Central para luego ser traslada al Palacio de los Deportes donde permanecería en capilla ardiente por siete días, al cabo de los cuales dejaría el suelo patrio, con el dolor de todos.

En el Palacio de los Deportes al entronizar la Copa pronunciaron palabras imperecederas el presidente de la Liga Nacional de Fútbol y el historiador de la ciudad quien marcó la fecha como señera en la historia contemporánea de nuestra capital y cerró sus palabras citando al gran historiador inglés Eric Hobsbawn en su obra  La Historia del Siglo XX al referirse el fútbol: “Quién podría negarle la calidad de arte quien haya visto al equipo brasileño en sus días de gloria?….Este juego sencillo, elegante, con unas normas y una indumentaria poco complicada, que se podía practicar en cualquier espacio  más o menos llano, de las medidas adecuadas se abrió camino en el mundo por méritos propios y, con la creación del Campeonato del Mundo en 1930 (en la que venció Uruguay) pasó a ser genuinamente internacional”.  El Palacio de los Deportes tendría expuesto el magno trofeo en horario normal de ocho de la mañana a cinco de la tarde, pero las largas filas de gente esperando obligaron a mantener abiertas las puertas en horario extraordinario. Allí llegaban enfermos terminales a tocarla con la esperanza que les devolviera la salud, políticos que le rogaban una victoria electoral, empresarios al borde de la ruina en pos de un golpe de suerte, universitarios en busca de ideas brillantes para su tesis de grado, jovencitas que querían  matrimoniarse, matrimonios en problemas que buscaban la solución a sus asuntos maritales, capitanes de equipos siempre derrotados pedían por una victoria en la liga, escritores en procura de una editorial de prestigio, fanáticos que querían un recuerdo de por vida –la foto para perennizar el momento mágico que luego colgarían en la sala de su casa- glorias perdidas del deporte que querían recuperar su lustre, narradores deportivos, soldados, maestros.

La fila de personas que apretando su mágico boleto esperaban pacientemente para poder entrar al Palacio de los Deportes, empezaba desde las cinco de la mañana. Todo el sistema de transporte público de la capital se había reordenado para facilitar la llegada de los afortunados hasta el lugar y con sólo presentar el boleto de entrada, el transporte en buses, microbuses y ciertas líneas de taxis era gratuito.

En las afueras del Palacio se arremolinaban las vendedoras de pan con pavo, tortillas con frijolitos molidos, sándwich de jamón y queso, allí se encontraban  enchiladas, dobladas de pollo y queso, tacos de todas clases, chicharrón con yuca, refrescos de toda clase;  vendedores de accesorios de celulares, de recargas electrónicas,  de gorras y sombreros para protegerse del solazo inclemente, gitanas que tiraban las cartas del tarot para leer el futuro y vaticinar el equipo ganador del próximo Mundial.

Las noticias de los milagros que había obrado la Copa asombraron al país, devolvió la motricidad a un paralítico, el habla a un ciego y la vista a un mudo. Ediciones especiales de los periódicos inundaron calles y plazas, las radios y televisoras sólo de eso hablaban. Entonces empezó el descontento.

Los sindicatos más radicales y partidos de oposición acusaron al gobierno de usufructuar políticamente la llegada del máximo galardón futbolístico  al país.  Aquellos que no se vieron beneficiados con premio alguno de la Lotería de los boletos para ver La Copa cayeron en la cuenta que solamente personas afines al gobierno habían sido premiados. En los medios de comunicación  empezaron las denuncias de los gastos excesivos en que el gobierno había incurrido, desde el subsidio al transporte colectivo hasta la recepción con que recibió el Primer Mandatario a los dignatarios de la F.I.F.A. con asistencia del Cuerpo Diplomático  y Gabinete de Gobierno, más los representantes del Deporte Federado y las Directivas de todos los clubes de fútbol de Primera División, donde corrió el champagne de la Viuda de Cliquot y toda clase de licores finos, bocadillos de langosta y otras finuras, mientras en la zona occidental del país la sequía tiene al borde de la hambruna a miles de campesinos, la roya había hecho estragos en las plantaciones de café y el precio de las naranjas había caído en el mercado mundial.

Eso fue el detonante para que las personas que querían ver la Copa y no tenían el dichoso boleto apedrearan los autobuses donde viajaban los dueños del mágico papelito. Las fuerzas especiales de la policía acordonaron el Palacio de los Deportes, pero las trifulcas se extendieron por toda la capital. La sede de la Liga Nacional de Fútbol fue asaltada por una turba furiosa que saqueó las oficinas, destruyó el mobiliario y luego prendió fuego al edificio. En una de las computadoras portátiles robadas encontraron la evidencia que el sorteo de los boletos de entrada al Palacio de los Deportes estaba amañado, la lista de los beneficiarios con los boletos, todos eran activistas del partido oficial y allí empezó a arder Troya.

Los que querían entrar sin boleto se convocaron por las redes sociales a protestar frente al Palacio Presidencial. La Plaza de la República se llenó de manifestantes que portaban pancartas, banderas de sus clubes de fútbol. El estruendo que armaban con las vuvuzuelas se mezclaban con las airadas consignas: ¡QUEREMOS  LA COPA!! Mantas que expresaban: ¡HABRÁ COPA PARA TODOS O NO HABRÁ PARA NINGUNO!!  ¡COPA CON TRANSPARENCIA O CAE LA PRESIDENCIA!!!

La respuesta del Primer Mandatario se transmitió a la nación en cadena nacional de radio y televisión. Negó todas las acusaciones y acusó directamente a ciertas ONG´s internacionales defensoras de los derechos humanos, que en complicidad con los ambiciosos políticos de la oposición que no tenían el suficiente respaldo popular para ganar limpiamente una elección, recurrían a  trucos sucios para empañar su imagen de demócrata dedicado. Daba dos horas a los revoltosos para que abandonaran la plaza. La saturación de las redes sociales fue tremenda, los mensajitos de celular volaron por miles. A la media hora “los sin-boleto” –que así se autodenominaron- por varios cientos  habían rodeado el Palacio de los Deportes impidiendo el acceso de los que tenían el preciado pedazo de cartulina.

A la hora de haberse pronunciado el discurso presidencial tanquetas y transportadores blindados de tropas cerraron las boca-calles de acceso a la Plaza de la República. Ni que esto fuera la Plaza Tahir de El Cairo dijo con ironía, uno que arengaba a la multitud con un megáfono. A las dos horas exactas una nueva cadena de radio y televisión transmitió el Decreto Presidencial refrendado por el Consejo de Ministros que suspendía las garantías constitucionales.

Las tropas antimotines descendieron de los blindados al caer la tarde  y las granadas lacrimógenas volaron por decenas hacia todos los rincones de la plaza. Los manifestantes no tenían escapatoria. Cuando quisieron huir en las esquinas los cargaron a bastonazos, mientras expertos francotiradores abatían con balas de goma a los dirigentes de la multitud. Cientos fueron metidos a camiones cerrados y llevados a lejanas unidades de policía, cárceles preventivas y otras instalaciones gubernamentales, donde les desnudaron, entregaron a manos de presidiarios para que los vejaran sexualmente y después los alineaban en el patio de la instalación para que  los presos pateaban bolas de fútbol contra ellos. Con las mujeres fueron particularmente sádicos. A los que rodeaban el Palacio de Deportes les cayeron los policías del Destacamento Rápido para Garantizar el Orden Nacional (DRAGON). Varios manifestantes ingresaron con graves fracturas a los hospitales. Las fotos y videos de la represión inundaron las redes sociales. En el extranjero las noticias eran alarmantes. La F.I.F.A. insinuó que la visita de la Copa al país podría acortarse.

La respuesta popular fue rápida, silenciosa y muy eficaz. Al día siguiente de los sucesos, cuando los empleados municipales acaban de limpiar la Plaza para dar una imagen de normalidad, miles de personas la invadieron y acamparon en ella, en el mejor estilo de la Primavera Árabe. Igual cosa ocurrió en las plazas de las principales ciudades del país. El gobierno continuó  su campaña denunciando la conspiración de que era víctima: canallas a sueldo que querían desestabilizar el país, políticos ambiciosos que querían llegar al poder por cualquier medio.

Los poseedores de los boletos se organizaron en piquetes de choque para hacer valer su derecho y cargaron contra los manifestantes mientras las fuerzas del orden se hacían de la vista gorda. Nubes de guerra civil se cernían sobre el país cuando entraron en acción los que no estaban invitados. En medio de las trifulcas que tenían lugar frente al Palacio Presidencial y el Palacio de los Deportes cayeron bien organizados y siguiendo un plan de batalla previamente trazados los miembros de la Mara Charamusca, una organización de pandilleros que contaba con sesenta mil jóvenes entre sus filas empujados por el desempleo galopante, dedicados a la extorsión, al narcomenudeo, secuestro-exprés y otras actividades delictivas.

Las clicas de la Mara dieron buena cuenta de policías, de los dos bandos en lucha, entraron como el rayo en el Palacio de los Deportes y se apoderaron de La Copa. Cuando se percataron los contendientes ya los mareros se llevaban la dorada estatuilla a un destino incierto. Todos los que hasta hace unos momentos se estaban partiendo la cara por el derecho a entrar al Palacio de los Deportes se repusieron de su estupor e iniciaron una multitudinaria persecución de los mareros, quienes astutamente habían establecido un sistema de relevos para cumplir su cometido. La policía se sumó a la persecución y pasó de la loca carrera detrás de los mareros gritando: ESTA ES LA POLICÍA, DETÉNGANSE ALLÍ a volar balazos a diestra y siniestra. La Copa se perdió en los callejones de los barrios marginales de la ciudad.

Se organizó una gran batida de fuerzas combinadas del ejército y la policía para encontrarla. Todos los medios de comunicación reaccionaron airados por la profanación de tan importante símbolo de la paz mundial. El Congreso emitió una declaración aprobada unánimemente por todos los diputados exigiendo la inmediata devolución del magno trofeo; el Presidente hizo una declaración con el rostro contrito, amenazaba a los mareros y les prometía perdón si la devolvían, en las redes sociales se insinuó la entrega de una recompensa a cambio. Los medios internacionales fustigaron con toda clase de epítetos al país, mientras casa por casa soldados y policías buscaban La Copa. Ésta no apareció.

La F.I.F.A. expulsó al país de todas las ligas internacionales de fútbol y desconoció a las autoridades nacionales del deporte. Nuestro país fue condenado por la Asamblea General de las Naciones Unidas y los préstamos del Banco Mundial le fueron negados, las naciones más importantes del mundo retiraron a sus embajadores y redujeron sus misiones diplomáticas a su menor expresión.

La Copa nunca fue encontrada, ni la encontrarán jamás porque la tengo yo. Soy un profesor de historia desempleado. Tengo un Doctorado en Historia por la Universidad de Santo Tomás del Nance, mi especialidad es la Historia del Imperio Bizantino y perdí mi cátedra cuando cerraron la carrera de Humanidades donde daba clases. Busqué trabajo por todos lados pero el boom de la computación y el internet mató a las Humanidades, al menos en este país. Ensayé de todo y no me fue bien en nada. Mi mujer me dejó por otro con un récord crediticio mucho mejor que el mío. Mis hijos emigraron a Estados Unidos detrás del sueño americano.

El Banco me quitó la casa cuando no pude seguir pagando la hipoteca. Vendí los muebles, los cuadros y fui vendiendo mi biblioteca en una feria de libros usados que se instalaba una vez al mes en una de las plazas de la ciudad. Con lo de los cuadros y los muebles compré un terrenito en las afueras de la ciudad, en una zona donde poco a poco fue creciendo un barrio marginal que sumaba unas doscientas mil almas.  Allí faltaba de todo, casi no había agua potable, las precarias casas no tenían servicios higiénicos, las moscas se enseñoreaban del lugar con las primeras lluvias y desaparecían en la estación seca. Las maras llegaron para nunca más abandonarlo

Desde allí salía yo a vender cualquier cosa en los semáforos de las calles principales de la ciudad. Bolsitas con agua en los días de calor, gorros de Papá Noel en las navidades, bufandas los días de frío, lapiceros en la entrada de clases. Salía con mi mercancía desde la madrugada y regresaba ya entrada la noche. El día  del asalto marero al Palacio de los Deportes regresé particularmente cansado a casa.  No habían buses y tuve que dar un largo rodeo a pie para evitar la zona de disturbios pues temía que me robaran las bolsitas de maní que andaba vendiendo. Llegué a mi casucha y sin cenar me acosté con la ropa puesta.

En la mañana siguiente salí al patio para mi aseo diario y vi el reflejo de un objeto metálico en un charco de agua jabonosa que se formaba en el canalito   detrás de las cuatro tablas mezclada con plástico negro que me servían de cuarto de baño.  La curiosidad me impulsó a tomar el palo de una escoba y remover el canal de agua servida y allí estaba.

A mí no me gusta ni el fútbol ni deporte alguno, ratón de biblioteca fui toda mi vida. El asunto de la llegada de la Copa del Mundo al país me pareció un circo de la peor especie, al menos en los días de la Roma Imperial la entrada al Circo Máximo a contemplar los espectáculos de gladiadores era gratuito al igual que las carreras de carros en el Hipódromo de Bizancio. Escribí un artículo declarando mi razonada y sesuda oposición a ello, pero fue rechazado por todos los  periódicos del país.

Miré para todos lados, ningún vecino estaba levantado a esa hora, seguro todos participaron en las trifulcas del centro de la ciudad en uno y otro bando. En la esquina, a media cuadra de mi terreno el cadáver de un pandillero adornaba el paisaje, seguro era el que llevaba la Copa y alcanzado por un balazo no tuvo aliento para entregarla a su relevo y la estatuilla rodó hasta caer en el canalito de agua sucia de mi terreno. Tomé el trofeo, lo envolví bien en dos bolsas plásticas, luego lo até bien con un fuerte cordel de nylon y lo dejé caer en la letrina donde hacía mis necesidades. Cuando escuché el ruido que hizo al hundirse en el excremento tomé la punta del cordel y lo até en un clavo que previamente había clavado en la parte interior del asiento de madera de la letrina.

Los efectivos combinados del ejército y la policía registraron minuciosamente toda la ciudad. Nunca encontraron La Copa. De vez en cuando la saco de la letrina, para mí solo tiene el valor de un artefacto antropológico, la contemplo, reflexiono sobre lo efímero de la gloria y la vanidad humana y la vuelvo a sumergir en la mierda.

Alejandro Bravo

Febrero 2014

Nueva Guatemala de la Asunción