LAS DOS ESPOSAS

El Cementerio de la  Verbena tiene forma de bota. No como la Bota de la Península Italiana, que es una bota de mosquetero, de fino cuero  y tacón alto. Esa es una bota elegante, de alcurnia que le dicen. La bota de La Verbena es una bota de trabajo. No es alta como la  aristocrática italiana, bota  diseñada para dar soporte en el arte de la equitación que mezclado con los principios básicos de  la esgrima, forman la columna vertebral de la militar especialidad de la  caballería.  La bota de La Verbena es la bota de un soldado raso de las fuerzas norteamericanas que invadieron Irak a las órdenes de Bush el Joven. [1] Ese  cementerio adquirió notoriedad en la época que la historiografía guatemalteca contemporánea denomina como “el conflicto armado interno”  porque aquí venían a tirar los cuerpos de los inconformes con el sistema que  aparecían con las manos atadas en la espalda, señales de tortura y que en vida fueron líderes estudiantes, sindicalistas, líderes barriales, dirigentes indígenas, profesores universitarios, poetas o simplemente sospechosos de serlo.

El Cementerio de la Verbena está ubicado en la zona siete de la Ciudad de Guatemala.  Es propiedad del Estado Guatemalteco, –res pública– es de aquellas propiedades que se rigen por una mezcla de normas jurídicas:

  • El Derecho   Público, en tanto derecho administrativo manifestado en el Código de Salud y reglamento de cementerios.

 

  • El Derecho Civil en cuanto al Registro Público de la Propiedad Inmueble

 

  • El Derecho de Familia en tanto al que se va a enterrar o desenterrar tiene parientes…si no los tiene el Estado es su pariente más cercano. Se convierte en el personaje más importante de la vida  nacional, porque si el Presidente de la República es el funcionario de mayor importancia y mejor pagado toda  la burocracia estatal,  al disponer el Estado de los despojos mortales  de los cuneteados, de los no reclamados, de los que murieron sin nombre y apellidos, de los olvidados, de los que están debajo de la línea de pobreza –para decirlo en  el lenguaje aséptico del Banco Mundial- y ser  enterrados por cuenta del erario público  en La Verbena como XX, convierten su sepelio en un funeral de Estado

 

  • El Derecho Penal, en cuanto la inviolabilidad de los cementerios. La apertura de una tumba es una actividad anti-jurídica. En tanto su ejecución precisa de la autorización previa de una autoridad judicial.

Ese era un día con poco viento en noviembre del año 2007. Nos constituimos los siguientes funcionarios en la Ciudad de Guatemala, en el cementerio de La Verbena, ubicado en la zona 7 de esta ciudad capital  según el Memorial que yo les pasara a las otras instituciones públicas  y que se detallan a continuación:

Yo, el Fiscal. El Oficial de Trámite de la Fiscalía, Vicente Villatoro, un sufrido indígena quiché que se quiso superar, viajó a la capital donde  trabajó de albañil, experimentó privaciones, entró la Universidad de San Carlos y se sentía discriminado  por pobre y por indígena, cerró pensum pero nunca se graduó, hombre muy cumplidor con su trabajo y puntual para el trago.

La viuda  acompañada de un vehículo de una funeraria con un ataúd de zinc y otro de madera  en los que iban a reposar los restos del marido. El fotógrafo del equipo de la Fiscalía que debía documentar el proceso de exhumación.

Dos policías para garantizar el orden público. El encargado del cementerio. El médico forense y el odontólogo forense. Un delegado del Ministerio de Salud para velar porque el cumplimiento con la normativa relativa a la exhumación, que se metan los restos en el ataúd de zinc y se selle  éste soldándolo con acetileno. La cuadrilla de enterradores, cinco tipos que se ganaban la vida enterrando a los que a diario llegaban de inquilinos de La Verbena y a veces desenterrando cadáveres como el que hoy nos convocaba.

El Oficial de Trámite  inició el levantamiento del Acta indicando que en cumplimiento de orden judicial y de conformidad a los artículos 116 y 117 del Código de Salud y artículo 41 del Reglamento de Cementerios y Tratamientos de Cadáveres, estábamos reunidos en tiempo y forma para proceder a la exhumación del que fuera el ciudadano guatemalteco Darío Gómez, nacido en Palín, Escuintla, de oficio albañil, domiciliado en  La Florida, zona 19 de esta ciudad capital, casado con Domitila Xoj, quien solicitó la exhumación.

En ese momento Yo, el Fiscal, recordé cuando llegó la viuda a mi oficina, en el 4º piso del edificio de 8 plantas que ocupaba el Ministerio Público en la 8ª avenida 10-27 de la zona 1, donde antes estuviera la sede del Banco Inmobiliario. Mi despacho  era la agencia 18 de la Fiscalía  Distrital Metropolitana, la mujer toda compungida se paró en la puerta  y me preguntó que si yo era el Lic. Renato Palencia, al contestarle que sí y preguntarle qué quería, me dijo que la mandaban de la policía y que quería exhumar a su marido, al que yo había mandado a enterrar como XX en el cementerio de La Verbena.

La hice sentarse y me contó entre sollozos, como suelen hablar las mujeres de nuestro pueblo en sus momentos de dolor,  que tenía diecisiete años de casada con Darío  Gómez, a quien le tenía cuatro hijos, una hembra y tres varones, me estiró un papel amarillento, una Certificación de Matrimonio del Registro Civil de la Municipalidad de Palín que hacía constar que habían contraído nupcias el 29 de agosto de 1991. Se habían venido de Palín a buscar una mejor vida en la capital, sobre todo porque en el oficio de él, que era albañil, aquí había muchas oportunidades. Que él no era mal marido, pero que le gustaba el trago y de cuando en cuando se perdía de la casa, pero que nunca lo hacía por más de quince días. Cuando ya pasó de esa fecha lo empezó a buscar, fue a los dos hospitales públicos,  al Roosevelt y al San Juan de Dios, fue a las distintas Comisarías de la Policía y nada. Los Bomberos Municipales le sugirieron que fuera al Gabinete de Identificación de la Policía. Allí  llevan un álbum de fotos de todos los muertos sin dueño: de los borrachitos que amanecen tirados en cualquier calle de la ciudad, de los puñaleados por asuntos de amores, de los tiroteados para robarles la cartera En el Gabinete Policial la mujer identificó a su marido en la fotografía que tomaron cuando llegaron a hacer el levantamiento del cadáver que encontraron en una de las calles adyacentes  a la Estación Central del Ferrocarril en la zona 1. El dictamen del médico forense determinó que había muerto de intoxicación alcohólica. Le habían robado los zapatos y la cartera. Al no tener identificación y habiendo pasado el término legal establecido para que los familiares reclamaran el cuerpo, Yo, el Fiscal, mandé a que lo enterraran en La Verbena por cuenta del Estado Guatemalteco como persona difunta no identificada, mejor conocida como XX.

Los sepultureros apilaron hojas de eucalipto y ramas de cerezo para pegarles fuego en el momento en que encontraran el cadáver y luego empezaron a remover la tierra. Imaginé el viaje de Darío desde la morgue del Organismo Judicial hasta el Cementerio,  en una bolsa plástica tirada en la palangana de una camioneta  pick up Nissan toda desvencijada, con un impreciso color que le había dado toda la sangre coagulada y los humores de los miles de cadáveres que había transportado en su vida útil, nunca había recibido la bendición de una lavada y la fértil lengua del pueblo había bautizado como “La Chocolatera”.

Cuando los sepultureros llevaban unas cinco cuartas de tierra excavada, supusieron que el cadáver se encontraba muy cerca y encendieron las hojas de eucalipto y las ramas de cerezo para que la humazón confundiera a los zopilotes que revoloteaban en el basurero vecino. Luego de cinco minutos más de  trabajo de picos y palas dieron con la bolsa plástica. La amarraron con sogas y la subieron donde nos encontrábamos las autoridades.

Cuando la bolsa plástica chocó contra el suelo,  se pudo escuchar un plaff, el sonido  de los líquidos de la putrefacción del cadáver agitándose en su interior y me preparé para lo que venía. Yo, el Fiscal ya estaba curtido por tres años de trabajo levantado cadáveres de acuchillados, atropellados, envenenados, baleados, asfixiados, quemados, ahogados, estrangulados, macheteados, a golpes,  recién muertos, muertos de varios días semi-devorados por los carroñeros y las hormigas, pero la pestilencia que se sintió cuando abrieron la bolsa de plástico negro que contenía lo que fue Darío Gómez no tenía parangón, me recordó un cuento de terror de un escritor yanqui llamado Lovecraft de un libro que me prestó un amigo en la Universidad, el cuento  se llamaba La Criatura tras la Puerta y que describe lo que mi sentido del olfato percibió en ese momento: “casi me desmayé al recibir en pleno rostro un soplo tremendamente hediondo…titubeando bajo el hedor intolerablemente fétido y mórbido…”

El tipo tenía más de cuatro  semanas de haber muerto y enterrado. Su cuerpo ya estaba  en estado de putrefacción avanzada, el médico forense que llegó hasta donde estaba roció el rostro con agua para retirar los gusanos que se alimentaban con las carnes en descomposición y reconocer en lo posible las facciones del difundo, comparándolas con las fotografías que aportó la viuda en el momento de solicitar la exhumación, leyó la descripción de las ropas que rolaban en el Acta que se levantó al momento de la muerte, vio que coincidían y dijo con voz fuerte, ES ÉL. Cedió su lugar al odontólogo forense quien abrió las mandíbulas del occiso, comprobó que los emplastes que tenía coincidían con los descritos en el Acta de Levantamiento del Cadáver. ES ÉL dijo con voz fuerte para que el Oficial de Trámite de la Fiscalía anotara en el Acta que estaba levantando.

Me coloqué en la punta de la bolsa donde se veía la cabeza del occiso. Los restos habían perdido masa y la rigidez cadavérica había cedido paso a la putrefacción activa. El rostro del cadáver estaba agujereado por la alimentación voraz de las cresas, las manos que se habían acomodado sobre el pecho en el momento de meterlo en la bolsa, saltaron al abrirse ésta producto de la acción de los gases  dando la impresión que el muerto quería defenderse de algo,  los fluidos expelidos por la descomposición se acumularon alrededor del cuerpo, encerrados en la bolsa no fueron absorbidos por la tierra y el cadáver flotaba como una isla en su propia licuefacción pútrida.

Vaya, lo quería la mujer al borrachito éste. Ni bonito que era y se le perdía hasta por 15 días de cuando en cuando y ella está gastando hasta lo que no tiene para darle una sepultura decente. QUE VENGA LA VIUDA A IDENTIFICARLO dije con voz fuerte para que el Oficial  de Trámite lo anotara en el Acta. Una voz sonó a mis espaldas. Aquí estoy Licenciado. Me volví sorprendido, porque enfrente de mí, como a unos treinta metros de donde yo me encontraba podía ver a Domitila Xoj. Pero Usted no es la viuda, le dije a la mujer blanca que avanzó hasta el costado del cadáver. Claro que sí, me llamo Amanda Martínez y estaba casada con éste, dijo señalando al cadáver y me extendió una copia del Certificado de Matrimonio, donde constaba que  Darío Gómez y ella se habían casado el 10 de septiembre de 1999.

Donde la otra mujer oyó y vio lo que me dijo la Martínez se dejó venir de donde estaba y se colocó al otro lado de la bolsa, con los ojos chispeantes de ira me dio con voz fuerte: YO SOY LA ESPOSA, LICENCIADO!! YO solicité la exhumación de mi marido!!. Los demás que estaban trabajando dejaron sus tareas y  concentraron su atención en  los gestos y palabras de Domitila Xoj.

Qué va Licenciado, ripostó la otra. Quién sabe quien será esta zorra que se quiere robar los restos de mi marido. Aquí están los hijos de Darío. Vi entonces que detrás de la mujer, agarrados de sus naguas estaban dos patojos, como se les dice en Guatemala a los niños, un varoncito y una niña, como de cuatro y cinco años, con las caras largas de tensión y miedo.

Zorra yo? Dijo Domitila, la puta sos vos. Yo soy mujer casada y honrada, quién sabe de quién son esos patojos y se los metiste al finado por suyos. Mande que saquen a esta desgraciada de aquí Licenciado. Y estos son los legítimos hijos de Darío, y aun gesto suyo aparecieron tres patojos y una adolescente de unos quince años de buen ver.

A mí nadie me dice puta, menos una india cerota como vos, dijo la Martínez queriendo hacer prevalecer la pigmentocracia que ha dominado en Guatemala desde los días de la conquista española.

El insulto racista le caló hondo a Domitila que pasó de las palabras a la acción y estirando sus brazos por encima de la bolsa plática y el cadáver maloliente del esposo de las dos mujeres y agarró del pelo a la Martínez. Ya vas a aprender a respetar a la gente, puta desgraciada, dijo la Xoj. Amanda Martínez demostró que  tampoco era manca y a su vez agarró del pelo a Domitila.

El forcejeo duró varios minutos. Todos contemplaban con estupor el pleito de las dos mujeres por los restos en proceso de licuefacción de Darío Gómez, el albañil que estuvo legalmente casado con dos a la misma vez, cometiendo el delito de bigamia, padre de seis hijos, en parte presente, en parte ausente de la vida de todos, siempre presente en cantinas y tugurios que lo llevó a morir de intoxicación alcohólica en una acera de Guatemala y a ser enterrado como XX.

Me dio miedo que el forcejeo de las dos esposas las llevara a caer sobre la bolsa plática y a esparcir su contenido nauseabundo por los aires llenándonos a todos  los presentes de los restos pútridos del bígamo Darío. ORDEN, ORDEN dije y llamé a los Policías haciéndoles un gesto con la voz más autoritaria que pude: SEPAREN A LAS SEÑORAS!!

Los uniformados las separaron mientras que las mujeres se insultaban.  Unos minutos después la Martínez dijo: Me voy, allí te dejo esa mierda!! Dio un paso hacia el muerto, le escupió en el rostro y le dijo Maldito, te dí lo mejor de mi vida y me engañaste desde siempre..más engusanado debiera verte, desgraciado!!! Vámonos hijos y dio la vuelta en dirección a la salida del cementerio.

Domitila Xoj reaccionó diciéndole a la otra: Yo no quiero mierdas de segunda, si tanta es tu necesidad hartátelo vos, llevátelo a tu casa y metételo donde te hizo gozar. Yo nada quiero saber de este maldito, borracho, mal marido, que se pudra solito. Y con gesto imperativo pateó la bolsa con los restos de Darío, lo escupió en el rostro y cerró sus actos con la frase lapidaria, no merece mis lágrimas este cerote desgraciado.

La otra hizo un alto y le dijo a Domitila: tenés razón hermana, nos engañó toda su vida y hasta en la muerte, no merece que nosotras nos peleemos por un pedazo de mierda como éste. Se tomaron de los brazos y con paso digno se encaminaron a la salida del cementerio, juntas en el engaño de que fueron víctimas, juntas contra el machismo sufrido, liberadas del dolor, seguidas por sus hijos, que contemplaban a sus otros hermanos por primera vez, juntos todos a abrirse paso en la vida, dejando atrás la mentira y la muerte.

Yo, el Fiscal me repuse de la sorpresa viendo a todos los que acompañaban el proceso exhumatorio: policías, forenses, enterradores, empleados del cementerio,  al Oficial de Trámites que con un gesto de las manos sobre pequeña tabla donde apoyaba los formularios del Acta de Exhumación como preguntando: ¿Y esto lo pongo en el Acta?

Los empleados de las funerarias contratadas preguntaron qué hacer y las dos esposas les dijeron al unísono: Vaáyanse, Yo  no estoy pagando por enterrar a este pedazo de mierda.

Antes que se perdieran de vista les grité: ¿Y yo qué hago con esto? Señalando la bolsa abierta y el cadáver putrefacto.

Por toda contestación escuché que me decían en tono burlesco:

DÉJESELO A LOS ZOPILOTES, LICENCIADO!!!

 

Alejandro Bravo

 

Guatemala/31 de marzo/2014

 

 

 

[1] Nadie describe mejor al Cementerio de La Verbena que el Blog  de James Rodríguez http://www.mimundo-fotorreportajes.org/2010/09/exhumaciones-en-la-verbena-llego-la.html