Érase un país muy lindo, tenía lagos, lagunas, ríos caudalosos, azulados volcanes,
montañas con nebliselvas, junglas, playas de aguas cristalinas, pájaros y flores. Su gente era de lo más cordial, hospitalaria, dicharachera, prestos a la risa y el jolgorio. Su comida ¡Ah! Su comida era el reflejo de su gente, apetitosa a la vista, gustosa al paladar, robusta y delicada a la vez, probablemente una de las mejores. Su gente era de lo más cordial, hospitalaria, dicharachera, prestos a la risa y el jolgorio. Su comida ¡Ah! Su comida era el reflejo de su gente, apetitosa a la vista, gustosa al paladar, robusta y delicada a la vez, probablemente una de las mejores comidas del mundo y cada región del país tenía sus platos insignias.
La gente del país tenía una inveterada costumbre. Poner apodos. Eso que la Real
Academia de la Lengua Española también conoce como sobrenombre, alias,
apelativo, mote, remoquete, apellido, chapa o seudónimo y lo define así: Nombre
que suele darse a una persona, tomado de sus defectos corporales o de alguna otra circunstancia.
Uno de los grandes del Siglo de Oro y de la literatura española de todos los tiempos, Don Francisco Quevedo y Villegas fue un gran creador de apodos. Manejaba con maestría el doble sentido, la metáfora brutal y la hipérbole grotesca, con gran habilidad captaba un vicio, una manía, un defecto físico y lo plasmaba en palabras. A su gran rival Luis de Góngora le llamó Don Luis de Gongorilla rebajando la calidad la persona y obra del otro con ese diminutivo, también le dedicó poemas furibundos donde le llama “Boca de tenazas”.
El ensayista Jimmy Avilés Avilés (Chilampín) quien escribió una dilatado tratado
titulado Los Apodos Granadinos, publicado una parte en la revista de arte y cultura La Piedra Bocona hace una referencia a la bibliografía que precedió a su trabajo destacando la obras de Orlando Cuadra Downing «Seudónimos y apodos
nicaragüenses»; «Granada» de Alejandro Barberena Pérez; «Autobiografía» de Servio A. Gómez; «Autobiografía» de Francisco Mongalo donde el apodo nicaraguense y sus formas son muy bien estudiados. Otro autor que se refiere a los apodos es Carlos Mántica en su libro «El Habla Nicaragüense» donde afirma categóricamente “Raro es el nicaragüense que le llama por su nombre de pila y nada raro es que le conozca solo por su seudónimo o apodo”.
El apodo puede generarse en la propia familia. En nuestro caso, Alejandro nació a
las once y media de la mañana de un viernes en la ciudad de Granada, Carlos A.
Bravo era el Director de la Biblioteca Nacional en Managua. Antes de asentar el
nacimiento en el Registro Civil de las Personas le enviaron un telegrama que decía: Ya llegó el Negro, nombre que lleva con orgullo. Cuando nació María Cecilia, el propio Carlos A. Bravo colocó un pizarrón en la acera de la Calle El Caimito donde habitábamos y escribió FÁBRICA DE NEGROS, con esa frase la recién nacida ya quedó como La Negra desde entonces. En el caso de Fernando, esposo y cuñado de los escribientes, un pariente llegó a conocerlo, el señor llevaba más de medio litro de guaro entre pecho y espalda, cuando vio al recién nacido dijo: Chino y enano, Chinano serás. Hasta el día de hoy, así se llama.
Para que el apodo “pegue” además de su creación, el siguiente paso es la
aceptación social. Normalmente el generado en la propia familia es aceptado por la sociedad.
Otra forma de generación de los apodos es en los grupos sociales. En el barrio nos juntábamos los chavalos a jugar en la calle y mi entrañable amigo Bernardo
Marenco salió “el Chocoyo” y Denis Prado se coronó como “puro pantera”.
El colegio es un lugar ideal para la proliferación de apodos. En la Granada de antaño había una escuela de primaria privada, sus dueñas y profesoras tenían el apodo de “las amansa-machos” pues allí iban a parar los más díscolos y rebeldes, que ya no los aguantaban en los otros colegios y las señoritas Rocha, diestras en el arte de crear apodos, le clavaban el mote al alumno de primer ingreso, apodo que lo acompañaba hasta la tumba.
El físico de la persona es una de las fuentes más usuales para generar un apodo:
La flaca, el gordo, el trompudo, la culona (ese es de los apodos que no se dicen en
la cara de la apodada, sino arteramente a sus espaldas), el murruco, la chela. En lo de las características físicas decir “tenés patas de Lora en sondaleza”, a alguien
que tiene los pies metidos hacia dentro. A un señor le decían “piernas de maduro
colgando en alambre” y el oficio que desempeñaban las personas » las pureras » por qué en la casa se fabricaban puros artesanales llamados chilcagres.
Hay nombres propios que ya traen de fábrica su sobrenombre: Francisco: Pancho,
Paco; Dolores: Lola; José: Pepe; Patricia: Pati, María: Mari; Cecilia: Chila. Nombres
de animales se suelen usar como apodos también, a veces relacionados con el
carácter de la persona. El perro, alguien de carácter recio; el gato a quienes tiene
ojos zarcos y así.
El lugar de nacimiento es también un apodo prefabricado: Chapín, el que nació en
Guatemala, Guanaco, nacido en El Salvador, Catracho el de Honduras, Nica el de
Nicaragua (los hondureños nos llaman mucos), Tico el de Costa Rica, Yanqui o
Gringo el de Estados Unidos, Cubiche el de Cuba, isleño al nacido en la Isla de
Ometepe y los nicas nacionalizados en USA se les llama Gringo Caitudo.
Para nosotros los apodos ‘estrella’ son los generados por las circunstancias. En la
calle de Santa Lucía de Granada, casi todos los habitantes han tenido apodos desde el inicio hasta el fin y los descendientes cargan con el apodo, los Tururu porque uno de ellos tocaba trombón. Una familia puso una fritanga, rápidamente alcanzó popularidad por su calidad, arremolinada la gente frente a la hornilla donde se asaban al carbón las tiras de carne, aspirando el olor de las piezas de pollo que goteaban grasa provocando chasquidos al caer en el carbón ardiente, esos olores se mezclaban con el del gallo pinto, removido constantemente y el de las tajadas de plátano maduro y verde que nadaban en un lago de aceite hirviente siendo acompañadas por el queso que se lanzaba a freír. Toda esa magia culinaria se reflejaba en el rostro de los clientes que esperaban ansiosos su turno de ser servidos. El dueño del negocio captó ese momento, colocó un letrero que anunciaba AQUÍ ESTÁ CARA DE HAMBRE, refiriéndose a sus comensales. Pero el anuncio se revirtió y toda su familia pasó a ser conocida como “los cara de hambre”.
En Jinotepe, ciudad tremenda para los apodos, un señor a quien se le cayó una
pared en su casa contó a un grupo de amigos que estaban reunidos: » estábamos
almorzando cuando se oyó un gran ruido! PORORÓN! Y la pared se vino abajo”
desde entonces toda la familia se quedó los Pororones. El padre de mi tío Marvin
era un hombre muy alto y le clavaron el apodo de “roba bujía” que carga toda su
descendencia. Un familiar del poeta Silvio Ambrogi dijo un día: Tengo tanta hambre que me comería un elefante, así nació la familia de los “come elefante”.
El Negro, una vez que se bachilleró se fue de la conservadora Granada a estudiar
derecho a León, la cuna del liberalismo. En una casa cerca de La Mercantil vivían
puros granadinos tal que se conocía como La Embajada de Granada y era lugar
de reunión de estudiantes de otras ciudades. Nadie se llamaba por su nombre de
pila. Allí convivían Galleta, Peye, Chepilla, el Chino, El Pelón, Romanillo, el Peludo,
el Compadre, el Negro, Piocha, Pancho, Panchera, la Vaca, el Perro, Don Bisón, el
Charlie, el Loquito, Control, el Chano, Camilo Motete y eran asiduos visitantes el
Chaparro, el Mandril, Pichota, Sesasó, el Toto, el Diablo, el Turco, el Profesorazo,
Erasmito, el Hombre Lobo.Estos son ejemplos que se multiplican a lo largo de toda la geografía nacional.
Otra ocurrencia de la gente del país de que hablo es descomponer el nombre propio de barrios y ciudades y adoptar otros nombres que suenan parecido. Así Nicaragua pasa a ser Nicoya, un nica es un Nicasio, la ciudad de Masaya pasa a ser Massachusetts, León es Leónidas, Nagarote es Nagasaki, Chinandega Chinandofli. Se aplica a otras ciudades el dialecto creado por el general salvadoreño que invadió el país y casi destruyó León, que cambiada unas palabras por otras, así Managua es Penefi y Granada Frenedi. La última época del semanario de humor. La Semana Cómica, dedicaba una sección a divulgar apodos de todo el país.
El país sigue siendo bello y su gente hospitalaria y chispeante, siempre presta a
poner sobrenombres. Mi hermana y yo tenemos de dónde salir pone-apodos.
Nuestro tío-abuelo Joaquín Vindel de Jinotepe era un as de la creación de apodos
y nuestro propio padre Carlos A, Bravo dueño de una prosa galana, la usaba para
apodar a la gente. ¡Así que ojo con nuestra mirada, somos capaces de emular al
mismísimo Quevedo!
Alejandro y María Cecilia
«Los Negros Bravo»