LA CIUDAD

 

Por tres veces soñó Randolph Carter la maravillosa ciudad, y por tres veces fue súbitamente arrebatado cuando se hallaba en una elevada terraza que la dominaba.

H.P. Lovecraft.

Estaba caminando con mi madre, haciendo ejercicios matutinos. No era mi madre de los últimos años, en silla de ruedas y rodeada de nietos, sino la enérgica Lola Serrano de toda la vida, la que hacía ejercicios para cuidar la figura. Estábamos bajando hacia el lago de Managua cuando le dije que debíamos regresar porque yo tenía que ir al trabajo, me arguyó como siempre para imponer su voluntad, reforzada por la materna autoridad: “sigamos hasta la orilla del lago”. No mama se me hace tarde, respondí. Rezongando en vos baja accedió a emprender el camino de regreso. Pasamos por una barriada pobre de gente muy amable por la que no pasamos en el camino de ida.

De pronto ya mi madre no estaba conmigo, me acompañaba Patricia mi compañera. Qué raro le dije, estas calles son de León, las casas coloniales, sus tejados, las ventanas enrejadas, las iglesias cada tres cuadras alzando sus campanarios, las calles por las que un día pasó Rubén Darío.

Cambió la fisonomía de la ciudad, pasó a tener árboles en las aceras, con aljibes rumorosos, una vergel en medio del desierto. No Alejandro, esto no es León, es Mendoza, Argentina, la ciudad de mami, dijo Patricia, mirá en ese cerro hay un terreno de mi familia.

Después pasó a tener anchas avenidas, ruido de automóviles. Qué locura dijo Patricia, esta es la 9 de Mayo en Buenos aires. No, le contradije, es la Castellana, estamos en Madrid. Pasamos entonces a un barrio de lo más amable, con murales en las paredes como los de La Palma o Ataco en El Salvador, cafés-concert con gente cantando, pintores en sus talleres invitando a contemplar su obra, lectura de poemas en un pequeño anfiteatro. De una de las casas salió Mariano Marín, el cineasta, amigo mío desde la infancia. No me sorprendió verlo allí, esta casa era del poeta Francisco Pérez Estrada, mi tío y hoy es museo, dijo. Nos brindó un refresco hecho de frutas. Entramos, había libros por todas partes, cuadros, instalaciones, entré a un patio interior con limoneros y desde un muro contemplé el mar en calma. Donde estamos, le pregunté. Es la ciudad que es todas las ciudades. No hay salida, mejor quédense aquí.

Me desperté con el sabor del refresco en los labios.

Alejandro Bravo

a Mauricio Mejía, arquitecto

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