Somos toltecas de rostro claro,
de recto corazón.
Por fin hemos llegado
y traemos un canto.
Francisco Pérez Estrada
Bajando la fría meseta poblada por los chorotegas, vimos el lago. Nada parecido había en el lugar de dónde venimos, nada parecido nos encontramos en nuestro largo camino. Nuestros padres nos enseñaron que todos los ríos y lagunas eran hijos del mar, pero este era el mar mismo, una inmensa llanura ondulante. Desde la meseta pudimos ver a nuestra derecha el inmenso mar verdoso, frente a nosotros su hermano, el lago azul celeste, que nos llamaba. A medida que bajamos vimos la primera de las montañas, de un tono gris azulado, esbelta como un gran templo, como si fuera una de las paredes de la gran casa que todos habitamos, uniendo al horizonte con el agua. Desde la meseta vimos también que una lengua de tierra separaba al lago del mar.
Cuando llegamos a las orillas y probamos su agua, la encontramos dulce. Nunca más padeceríamos de sed, no más sequías para nosotros, toltecas de puro corazón. Caminamos entonces con paso seguro siguiendo la ribera. Dos días después vimos en la isla la otra montaña. Era la señal que los dioses nos habían dado. Seguimos caminando hasta situarnos frente a las dos montañas. Los sacerdotes llamaron Ometepe a la isla, que en nuestra lengua significa “dos grandes cerros”. Erigimos un pequeño adoratorio donde hicimos sacrificios de pájaros y flores a los dioses, dando gracias por el cumplimiento de la profecía. Escogimos un lugar para enterrar los huesos de los antepasados que nos acompañaron en todo el largo camino. Entonces repartimos la tierra, primero la de los ancianos y las viudas, luego las tierras de jefes y sacerdotes, las de los macehuales, todo cerca del agua. Llamamos Quauhcapolca a nuestro poblado. Los hijos de Iztacmixcóatl estábamos asentados en la tierra que nos fuera prometida.
Viendo este lago, nuestro ahora, el verdor infinito de esta tierra, nuestra ahora, sentimos lejanos los días de tristeza y desolación que pasamos en el Anáhuac. Árida la tierra, pasaba una y otra vez la cuenta de los días y los destinos, los cielos no se abrían, nada que cosechar. Había hambre en el pueblo, las súplicas a los dioses no eran escuchadas. El Dador de la Vida nos había abandonado y el inframundo había abierto sus puertas.
Para acentuar nuestra desgracia aparecieron los olmecas, más fuertes que nosotros en lo militar, nos subyugaron, nos hicieron trabajar como esclavos. Se llevaron a nuestros mejores artesanos para trabajar puliendo la piedra para dar formas a enormes cabezas de grandes ojos que representaban a sus divinizados gobernantes, escogían a nuestros jóvenes más apuestos para sacrificarlos en sus templos. Tallamos la piedra para ellos, construimos pirámides para sus dioses.
Desesperados pensamos en medidas desesperadas. Dejar de adorar a nuestros dioses. De qué viven éstos sino de la adoración de los macehuales, cuántos hay cuyos nombres ya no se recuerdan, sus adoratorios son una cueva de murciélagos y su culto no es más que polvo y fango. Por qué los dioses de los olmecas los colmaban de bienes, de cacao para xocolatl, de hule para las pelotas de su juego sagrado, por qué infundían su esencia divina en la sangre de sus gobernantes.
Dejamos de adorar a los dioses, ya no pronunciamos su nombre cuando el Señor del Amanecer hacía su aparición, sosteniendo el cielo, tampoco los mencionamos cuando entraba la noche, no volvimos a hacer sacrificios a Tláloc que nos castigaba con la sequía. En días pasados algunos llegaron a ofrecer la vida de tiernos niños a Tláloc implorando por agua, eso se acabó ciertamente.
Pasado un tiempo, volvimos a los adoratorios, no a venerarlos sino a increparlos por ocho días seguidos. Porqué nos enviaban la maldición de la sequía, por qué permitieron la llegada de los olmecas y nuestra sumisión. Hablaron entonces los dioses y nos dijeron que marcháramos al sur.
Miles de personas nos preparamos en silencio. Una noche, al abrigo de las estrellas dejamos Ticomega y Maguatega y marchamos hacia Xoconochco donde nos asentamos. Hasta allí nos persiguieron los olmecas, nuestra partida los dejó sin mano de obra para sus cacaotales, sin gente para ordeñar los palos de hule, sin gente que tallara la piedra para ellos. Volvimos a consultar con los dioses, volvieron a decirnos, marchen al sur.
Esta vez íbamos bien organizados. Adelante marchaban exploradores, buenos guerreros armados de arco y flechas, hondas y cerbatanas, lanzas y mazos, llevaban escudos de madera y corazas de algodón endurecidos con sal. Los acompañaban comerciantes con cerámica y textiles y traductores. Luego iban las mujeres, los ancianos, los niños y el alimento, flanqueados por guerreros. Los portadores de los restos de nuestros ancestros y cerraba la columna otro grupo de guerreros, previniendo el riesgo de emboscadas
Si los pobladores de las tierras que atravesaríamos nos recibían violentamente, nuestros guerreros rápidamente se organizarían para la lucha. Si comerciar querían, prestos estábamos para hacerlo, si nos recibían como hermanos abríamos nuestros corazones.
Viajamos entonces por las tierras altas de los mayas pasamos por Kaminaljuyú, una ciudad que fue esplendente en tiempos pasados. Uno de nuestros líderes murió. Caminamos por las tierras bajas, los mayas de Tazumal nos vieron con desconfianza. Por donde pasábamos éramos vistos como una peste, si comerciaban trataban de sacar el mayor provecho del trueque. Era como si lleváramos grabado con pedernal en la frente la palabra migrantes, como un estigma.
Una parte de nosotros no quiso continuar hasta la tierra prometida, se quedaron en Ecalcos, allí fundaron una colonia. Otros se habían quedado en Mictlán y en Yzcuintlán. Llegamos al gran valle de Chollolteca poblado por nahoas dedicados al comercio. Fueron de los pocos que nos recibieron como hermanos. Allí murió otro de nuestros lideres no son antes decir que los dioses le comunicaron que siguiéramos al sur, encontraríamos un mar de agua dulce con dos enormes cerros en una isla, esa era la tierra que los dioses tenían reservada para nosotros.
Emprendimos el viaje nuevamente, pasamos por tierra de chorotegas, chocamos con los feroces guerreros Maribios que desollaban a sus muertos y vestían sus pieles para la guerra. Cuando se dieron cuenta que no pretendíamos desplazarlos nos dieron alimentos, acogieron a nuestros ancianos en sus casas, para que descansaran y dieron indicaciones a nuestros caciques del camino a seguir.
Traíamos con nosotros semillas de cacao robadas a los olmecas y el arte de cultivarlo, la pulida de las piedras para casas y adoratorios, traíamos escrito en nuestros pies polvorientos, el mapa del largo camino, los bienes que producían los pueblos con los que tratamos, sabíamos lo que querían de nosotros y el verdadero valor de nuestros productos. Estábamos preparados para organizar un gran señorío, donde los migrantes que pasaran por nuestras tierras fueran tratados con decoro.
Una cordillera de volcanes nos indicaba el camino, fértil la tierra. Llegamos a un lago grande con una isla, pero solo un cerro pequeño se alzaba, en una de las orillas del lago se alzaba imponente otro cerro. Los chorotegas le llamaban Momotombo, que en su lengua significa gran cumbre hirviente. Vistos desde cierta parte de la costa parecía que los dos cerros se alzaban en la isla. Estaba dedicado a Xólotl, el dios gemelo del Señor del Amanecer.
Subimos entonces una meseta fría, no tan fría como las tierras altas de los mayas. Caminamos por la neblina, por espesos bosques donde vuelan las verdes bandadas de chocoyos. Los chorotegas que poblaban allí nos indicaron el camino que debíamos tomar. Bajando la fría meseta, vimos el lago.
Alejandro Bravo
09 de junio de 2024
Foto de la isla de Ometepe de Alberto Vega (grande amigo y biólogo)